Parte 2:
—¿Abriste la puerta del fondo?
Sí.
El tercer día. Con un cerrajero y novecientos pesos que no tenía.
Le describí lo que había adentro, parada en medio de mis mesas, con los clientes esperando la cuenta. La silla. La cubeta. La bata gris en el clavo. Las cajas.
Mi mamá escuchaba mirando la puerta.
—¿Y la silla, cómo estaba?
—¿Cómo que cómo?
—Volteada para dónde.
—Hacia la puerta.
Asintió, una sola vez, como quien tacha una línea en una lista.
Luego agarró su bolsa y salió. El café todavía estaba lleno.
Pasé todo el servicio pensando que se le estaba yendo la cabeza. Es más fácil, una mamá que pierde la cabeza. Eso explica todo y no cuesta nada.
Cerré a las tres y media. Miré la tabla clara en el piso.
De esa bodega solo había guardado una cosa: la libreta de talones. La usaba todos los días desde hacía un mes. Ahí anotaba las órdenes.
Ya voy a volver a eso.
A la mañana siguiente crucé la calle.
Don Chuy regaba sus geranios con una manguera que gotea desde hace veinte años.
—Don Chuy. ¿Qué era ese local?
Cerró la llave. Se tardó en contestar.
—La tiendita de tu papá.
Eso ya lo sabía. Todo mundo lo sabía. Mi papá tuvo esa tienda dieciocho años, ahí hacía yo la tarea sobre el mostrador.
—¿Y cuándo cerró?
Don Chuy miró la cortina metálica de enfrente.
—El 4 de agosto de 2011.
—El 4.
—Los paramédicos llegaron a las once y veinte. Tu hermana gritaba en la calle. Yo cargué la camilla hasta la ambulancia, salimos por la puerta de atrás porque estaban los cajones de fruta enfrente.
Puse la mano en su reja.
—Murió en el hospital, don Chuy. El 5.
Don Chuy miró sus geranios.
—Murió en el suelo, en la bodega. Frente a la puerta. Había bajado a abrir a las siete.
Hay momentos en que uno no tiene nada que decir, entonces dice cosas tontas. Le pregunté si había ido mucha gente al velorio.
Dijo que sí, bastante.
Yo estuve ahí. Parada en primera fila, de negro, con una bebé de diez días en brazos y una historia de hospital metida en la cabeza.
Emilia nació el 4 de agosto de 2011, a las cuatro y diez de la mañana.
Durante quince años le conté a mi hija que su abuelo había muerto al día siguiente de que ella naciera, en el hospital, sin haber tenido fuerzas para ir a conocerla.
Hasta aquí, pueden estar enojados. Con mi mamá, con mi hermana, con don Chuy, con toda la colonia que sabía. Esperen a saber qué hace mi hermana todos los 4 de agosto, a las siete de la mañana, desde hace quince años.
Esa noche cerré la cortina y no me fui a mi casa.
Me senté en el piso, en el marco de la bodega, en el mismo lugar exacto que había tallado.
La madera todavía olía a vinagre. Un mes después.
Me acordé de la llamada. La noche del 5, mi mamá me habla al hospital, a la sala de maternidad. Dice: mi vida, tu papá se nos fue esta noche. Tenía la voz normal. Demasiado normal, pero yo estaba dándole pecho a una bebé de treinta y seis horas, no estaba oyendo voces.
Me acordé del estacionamiento del Soriana. Tú tiras todo. A mí no me cuentas nada.
Me acordé de ella en la banqueta, con los brazos cruzados, cuatro minutos.
Tengo que decir algo que nunca le he dicho a nadie, ni a mi esposo.
Durante quince años tuve un coraje guardado contra mi papá. Uno chiquito, bien acomodadito, que sacaba dos veces al año.
Nunca vino a conocer a Emilia.
Tenía que manejar cuarenta kilómetros. Nunca los manejó.
Nunca puse su foto en el pasillo. Emilia me preguntó una vez por qué no había foto del abuelo. Le dije que no teníamos ninguna buena.
Tenemos catorce, en una caja de zapatos, encima del ropero.
Fui al panteón tres veces en quince años. Siempre para el Día de Muertos, siempre porque mi mamá insistía, siempre viendo el reloj.
Dormí sobre las cajas.
A las siete, la luz entró por debajo de la cortina. Una franja, en el piso, justo en el lugar tallado.
Le hablé a Araceli a las siete y diez.
—Ven a la calle Álamos.
No preguntó por qué.
Su coche se estacionó enfrente veinte minutos después. No se bajó. Apagó el motor y se quedó con las dos manos en el volante.
Entonces fui yo la que subí al coche.
Mi hermana tiene treinta y cuatro años. Dejó la universidad en septiembre de 2011, dos semanas después de haber entrado. Vive en un departamento chiquito, limpia un consultorio médico, no tiene hijos. Toda la familia dice que Araceli nunca ha hecho nada con su vida.
Yo la primera.
—¿Cuántas veces has venido aquí?
Miraba la cortina metálica.
—Todos los 4 de agosto.
—¿Desde cuándo?
—Desde entonces.
Apretó el volante.
—Me estaciono a las siete. Me voy a las once.
Pregunté por qué a las siete.
Y mi hermana me contó, en cuatro frases, quince años de su vida.
—Esa mañana me tocaba abrir a mí. Llegué a las siete veinte.
—Araceli.
—Estaba en el suelo, contra la puerta de la bodega. Todavía podía hablar.
Volteó a verme por primera vez.