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Parte 2:
La letra era de mi hija.
La “M” con la colita para arriba. Esa se la enseñé yo, sentadas en el piso de la sala, con un cuaderno Scribe de raya ancha.
Marifer. Diecinueve años.
Me quedé con el ticket en la mano hasta que se me durmió el brazo. Mi comadre Paty me lo quitó de los dedos como se le quita un vidrio a un niño.
—¿Le hablo a Ricardo?
—No.
Esa noche me entraron once llamadas. Nueve de él, dos de ella.
Y un mensaje: “Amá, contéstame. No es lo que estás pensando.”
Yo llevaba veinte años pensando que a mi marido se le olvidaban las fechas. Ya no sabía qué era pensar mal.
Faltaban cinco días para el domingo.
Antes de salirme de esa casa hice una cosa: me mandé las fotos a mi WhatsApp. Todas. Del celular de Ricardo al mío, con las manos temblando y el refri prendiéndose y apagándose.
Cuarenta y tres personas en ese grupo.
Los compadres. Mi vecina Rocío, la que me presta la escalera. El padrino de bautizo de Emiliano. La señora de la papelería.
Veinte años de mensajes cada octubre. “Ya voy saliendo con el pastel.” “Llévate sillas.” “Y por favor no suban nada, acuérdense de Ale.”
Acuérdense de Ale.
Ese era el acuerdo. Acordarse de mí para que yo no me enterara.
Fui otra vez a La Espiga. Doña Male sacó una libreta de esas de espiral, toda cochambrosa.
Veinte renglones. Tres leches, duraznos, ALEJANDRA. Uno por año, con la letra de ella.
—¿Y él nunca se quedaba a la comida? —le pregunté, nomás por preguntar.
—No, señora. Lo pagaba, se lo dejaba a la muchachita y se iba a trabajar.
Pues sí. Tenía turno. Los del taller no perdonan.
Regresé a casa de mi comadre y me puse a ver las fotos una por una, como quien se pica un moretón.
En veinte años de fotos yo no salgo.
Él tampoco. Pero él es el que toma las fotos, me dije. Siempre fue el de la cámara.
En la del 2013, Emiliano de dos años, con gorrito, la boca embarrada de merengue rosa arriba de mi nombre.
Ahí le bajé al celular y ya no pude.
Me levanté a las cinco. En casa ajena una se levanta a las cinco aunque no haya nada que hacer.
La cocina de mi comadre tiene la lumbre chiquita. Puse el café de olla y me senté con la caja de galletas Danesas en las piernas.
Cuando nació Emiliano, Ricardo se levantaba a las tres a calentarme el atole. Me agarraba los pies con las dos manos hasta que se me quitaba el frío.
Ese mismo hombre me aventó un plato el jueves pasado.
Los dos son él. Eso es lo que nadie te explica.
Saqué la tarjeta de 2006. La primera. “Feliz cumpleaños, Ale. Perdóname.”
Perdóname.
Yo la leí como se lee todo cuando una está dolida: perdóname por no estar, por ser así, por olvidón.
Volteé el sobre. Estaba abierto por arriba, con el filo doblado hacia adentro, como cuando alguien lo revisa y lo vuelve a cerrar.
Estaban en el ropero de mi suegra. En su caja. La de los hilos y los botones.
Veinte cartas mías que ella tuvo veinte años.
Hay cosas que se me vinieron encima ahí, con el café enfriándose. El recibo de la CFE siempre llegó a nombre de Karla. Desde que cambiaron el medidor, decían. Yo pagaba y ni volteaba a ver el nombre.
Y los 14 de octubre, Ricardo llegaba a las seis con los ojos rojos. Yo le echaba la culpa a la vulcanizadora, a los humos, al solvente.
Le olían las manos a vainilla y a mí me daba por pensar en el solvente.
Una vez, hace como quince años, le pregunté a doña Chelo por qué no me quería. Así, sin rodeos, en el lavadero.
Se levantó por el trapo y se puso a limpiar la estufa que ya estaba limpia.
Nunca me contestó. Ni ese día ni ningún otro, y ya se me acabó el tiempo de preguntarle.
Lo que sí sabía, ahí sentada, es que el domingo iba a haber comida en casa de Karla. Como todos los años.
Y que yo, por primera vez en veinte años, no tenía turno.
El jueves fui por mi ropa.
Ricardo estaba en la mesa de la cocina con las manos así, cruzadas, como cuando esperas en el IMSS. La mancha de mole seguía en la pared, arriba del garrafón.
Marifer se paró en la puerta y no entró.
—Ale, siéntate.
—Vengo por mis cosas.
—Siéntate tantito.
Me quedé parada.
—Yo te compraba tu pastel cada año —dijo—. Cada año, Ale. Nunca se me olvidó tu día.
—Y cada año te lo comiste con tu familia.
—No es así.
—¿Entonces cómo es?
Se talló la cara con las dos manos.
—Mi amá dijo que aquí adentro no. Que afuera lo que yo quisiera. Yo le preguntaba cada año.
—¿Le preguntabas qué?
—Por el papel de la casa. Me decía que cuando ella se muriera.
Veinte años preguntándole a su mamá si ya. Como un niño pidiendo permiso para salir a jugar.
—¿Y yo? —le dije—. ¿Yo en qué renglón iba?
No me contestó eso. Ninguna de las dos veces que se lo pregunté.
Desde la puerta, Marifer:
—Amá.
Volteé.
—Tenía ocho años. Me hizo jurárselo a la Virgen.
Se le quebró la voz en “Virgen”.
—Al principio yo creía que era un juego. Que era la sorpresa que un día te íbamos a dar.
Ocho años. Con los aretitos que le pusieron en el bautizo, cargando una caja de pastel con el nombre de su mamá.

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